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La Agenda Digital como fruto de la inmigración interior

Recojo el testigo dejado, aunque no de forma oficial, ayer en este espacio por Pablo F. Iglesias, a propósito de la creación de un Ministerio que prestará atención nominal a la llamada “Agenda Digital”. O dicho de otro modo, de la inclusión del concepto “Agenda Digital” como una prioridad ministerial en el último gabinete que pretende conducir con minoría parlamentaria el presidente Mariano Rajoy.

No se muestra Pablo demasiado optimista con el rumbo que esta agenda pueda tomar en manos de un Ministerio. Dicho con sus palabras, “sentimientos contradictorios”. No es para menos, porque la experiencia de la cosa pública en España da para echarse a temblar: si algo pasa a tener entidad oficial, es probable que ese algo no alcance nunca su meta; y si la alcanza, no será desde luego por el apoyo que reciba desde las instituciones. Pero por otro lado, su inclusión aunque sea nominal permite introducir en la mentalidad colectiva la justificación de contemplar partidas presupuestarias, como ha ido sucediendo a lo largo de los años con materias tan intangibles como el bienestar, la igualdad o la innovación.

En mi opinión, la inclusión de ese concepto llega tarde, y esperemos que no del todo mal. España es un país líder en el consumo de bienes digitales, a una escala que a menudo se convierte en motivo de estudio, sobre todo en lo referido al consumo de dispositivos móviles inteligentes y al de banda ancha; todo ello, a pesar de unos precios que están muy por encima de los del entorno, sobre todo cuando los comparamos con los estándares de calidad de vida de nuestros países vecinos, más aquellos que han de servir como referencia económica. Sin embargo, ocupa posiciones de farolillo rojo en lo tocante al desarrollo de esa misma tecnología que consume, con el drama añadido de que algunas de las mentes más brillantes para esos entornos proceden precisamente de nuestro país, forzados a una “emigración” por la falta de oportunidades que ofrece España para explotar sus capacidades profesionales. Una tragedia socioeconómica no ya por lo que supone de pérdida de competencia y generacional, sino y sobre todo porque se estima que 2/3 de los empleos con más proyección dentro de solo 20 años ni siquiera han nacido todavía, ergo si para entonces nuestros mejores valores se han criado fuera, pocas oportunidades vamos a tener de estar en los vagones de cabeza.

El “Ministerio de la Agenda Digital”, como pomposamente llaman algunos medios, tiene ante sí dos tipos de retos. Los primeros son los retos oficiales del Ministerio de Agenda Digital, que tienen que ver con las presiones recibidas desde ciertos lobbies para que España supere la crisis económica por vías diferentes a las que le llevaron a ella; es decir, menos inversión de ladrillo y más impulso de la economía digital, sin que quien eso firma pueda atreverse que en ambas haya habido, o esté habiendo, uno de esos procesos de acumulación especulativa con los que al capital le gusta hacerse trampas al mus a sí mismo. Los segundos son los retos no oficiales, y que pasan precisamente por situar al país en la senda que le corresponde, en la coherencia entre sus hábitos de consumo y sus capacidades de inversión reales. Ojo, que no hablamos de poca cosa. Hablamos como bien decía Pablo ayer de fomentar la Agenda Digital en el mismo país que prohíbe el surgimiento de agentes de transporte de personas y mercancías alternativos al corporativismo híper-protegido; en el mismo país que lleva a Google News a cerrar su servicio de noticias única y exclusivamente para España; y en el mismo país que por estas y otras razones es protagonista involuntario de esa “vergüenza torera” tan patria y tan bien ejecutada.

Desde otro punto de vista, tuve la fortuna de conocer en persona a este nuevo flamante ministro, Álvaro Nadal, hace ahora ocho años, cuando él y yo compartíamos esa “emigración interior”: dos profesionales de Madrid, tentando suertes en tierras albaceteñas; él, como candidato al Congreso y este pobre juntaletras como periodista de provincias venido ligeramente a más. A muchos candidatos como él les propuse, desde las páginas de El Pueblo de Albacete y la pequeña pantalla de Visión Seis Televisión, el mismo juego: repartir 20 euros imaginarios en 8 partidas presupuestarias fijas. El reparto de Nadal fue bastante sorprendente:

Agricultura: 2 €

Educación / Cultura: 3 €

I+D+i y Ciencia: 2 €

Medio Ambiente: 2 €

Sanidad / Bienestar: 6 €

Seguridad Ciudadana: 2 €

Turismo / Artesanía: 1 €

Vivienda Protegida: 2 €

Todo un candidato del PP pondría el 30% de ese presupuesto imaginario para una partida que se le presupone poco afín: Sanidad Pública y Bienestar Social. Pero tenía un ligero truco, como el mismo reconoció: no es solo lo que él haría, es que es como se reparten las cuentas públicas, según su propio conocimiento de economista. Por tanto hizo lo que, con su inquebrantable semblante de niño bueno, tenía que hacer: darle a cada partida lo que le corresponde de la forma más similar a la realidad del día a día.

De aquella charla me quedó una imagen bastante nítida del ahora ministro: es un tipo que sabe lo que se hace y cómo jugarse los cuartos. Y esa es la mejor garantía de que, al menos, va a aportar un matiz de realismo a esa “Agenda Digital” que le ha caído en las manos. Por contra, si nos tenemos que fiar de lo que hasta ahora ha sido la Agenda Digital española, tampoco debemos esperar grandes fastos. En todo caso, la cartera le cae bien por la parte de la filia personal: de los políticos que he tenido ocasión de tratar (que no son muchos, pero algo de mochila llevo), este es uno de los que más claro tiene aquello de que “el futuro, o es digital, o no será”.

La Agenda Digital debería ser transversal, recorrer de raíz todos los ministerios y empapar a la sociedad entera. En todo caso, y puestos a adjudicárselo a una cartera, tiene más sentido junto a las partidas de Ciencia e I+D+i. Pero por algo se empieza. Aunque solo sea por egoísmo, no puedo hacer más que desearle toda la suerte y todo el empeño a este “ex albaceteño de adopción”, como lo es el que escribe, para que con su buen hacer pueda impulsar a esta Agenda Digital, y llegado el caso, seguir haciéndose cargo de ella en futuros empeños más ambiciosos y de mayor recorrido.

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