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La limitada “agenda digital” española

Por primera vez en nuestro país entra en las carteras de gobierno la necesidad de formalizar la transformación digital bajo la batuta de Álvaro Nadal (EN), con el sobrenombre de Ministerio de Energía, Turismo y Agenda Digital, y amparado en la agenda digital europea (ES/PDF).

Dejando de lado el apartado puramente político, como mínimo es un síntoma positivo, aunque me pregunto si será suficiente para cambiar un inmovilismo ya demasiado asentado en el país.

A bote pronto, no entiendo la necesidad de verticalizar un aspecto tan global como debería ser la transformación digital. Digo yo que en vez de crear un ministerio para tal labor, lo suyo hubiera sido que cada ministerio gestionase la agenda digital de forma interna, o como en el caso de algunos países, que esta dependiese directamente de la presidencia.

Se me antoja un punto de vista limitado, vaya. Que algo que afecta a todo el sistema económico se limite a un único ministerio.

Pero oye, que ahí está, y como decía, debería ser para bien. Hablaba de ello recientemente Enrique Dans, desde un claro pesimismo (ES), y Marc Vidal, con una actitud positiva (ES), y por aquí, quien escribe, tiene sentimientos contradictorios.

A la ya citada verticalización de la agenda digital habría que incluirle el miedo a que se base a pies juntillas en esa “lista de deberes” que supone la agenda digital europea.

Como bien decía Enrique, resulta absurdo reducir las acciones de la transformación digital de un país a una mera lista genérica donde poner una X. Cada universo es distinto, y aquí entran factores que no dependen única y exclusivamente del presupuesto y la infraestructura tecnológica, sino también de la implicación social y el auto-convencimiento de la necesidad de un cambio.

Porque esa es otra. Marc alude en su artículo a la reticencia al cambio, que es constante en la forma en la que los europeos entendemos (a grandes rasgos) el modelo económico, y que se maximiza hasta el extremo en nuestro país, con una defensa a ultranza de algunos lobbies frente a la esperable (y por otro lado, también limitante) defensa de los derechos del consumidor. Que la tecnología no es el enemigo. En todo caso lo será el uso que algunos le den a la misma.

Los que lideran un sector no van a necesitar nunca que se les proteja. Es más, el que tengan que tirar del aparato político para defender su negocio es un síntoma de que ese negocio no está adaptado a un medio donde nuevos agentes, amparados por la transformación digital, están impulsando un cambio social y económico que no entienden.

¿De verdad este gobierno va a anteponer los intereses de una agenda digital del país a los intereses de aquellas empresas implicadas? ¿De verdad estas empresas van a anteponer los intereses de esa agenda digital frente a sus intereses comerciales? Ojalá sea así, y se marque entonces un precedente. Porque hasta ahora, hemos experimentado la otra cara de la moneda.

¿Qué hay de la e-Administración? Porque aunque la propuesta del DNI-e ha sido valiente, su uso se le escapa al grueso de la sociedad, y la mayoría de servicios de la Administración siguen sin tener ejecución digital.

El proteccionismo de estos últimos años, estableciendo murallas artificiales frente a cambios disruptivos, como en su día ocurrió con el impuesto al sol, con el canon AEDE o con la prohibición de Uber y la persecución de la mayoría de iniciativas basadas en la economía colaborativa, reman justo en contra de lo que realmente define una transformación digital.

Que la ciencia no tenga representación ministerial es otro hecho. Como el que el gasto en I+D en España siga por debajo del 1,2%, frente al 2% (e incrementándose) que es la media europea.

Que se haya intentado desbordar el vaso de la innovación con subvenciones, es otro, y solo genera un caldo de cultivo perfecto para la picaresca empresarial (monto negocios para vivir de las subvenciones, y no para generar riqueza).

En fin, que difícil trabajo va a tener el señor Nadal, y que le deseo la mayor suerte del mundo.

Porque España, hasta ahora, no ha sido un país digital. Sea por sus políticos, sea por el inmenso poder que ejercen los lobbies de diferentes industrias, sea porque seguimos empeñados a vivir del ladrillo y del turismo, sea por el inmovilismo de los que por aquí vivimos.

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