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Facebook

La banalidad de las emociones en un entorno digital

El viernes pasado Adam Mosseri, director de desarrollo de producto de News Feed, se reunía con algunos medios españoles en las oficinas de Facebook.

¿El objetivo? Despejar dudas sobre el futuro del que quizás sea el elemento más crítico de la red social: su newsfeed.

Ese mismo que vemos nada más entrar en la página, y en el que habitualmente pasamos la mayor parte del tiempo.

Se habló un poco de todo, pero me quedo con una frase que me hizo pensar, y que sirve de excusa para escribir este artículo:

“Nuestro objetivo es que los usuarios sean capaces de expresar más cosas para que la experiencia sea más valiosa. Si la experiencia es más valiosa, pasarán más tiempo en Facebook”

Y razón no le falta. Si algo ha hecho que Facebook llegue a ser la plataforma que es hoy en día ha sido precisamente el simplificar, a la mínima expresión, la comunicación de sentimientos en el mundo digital.

Un simple click a Me Gusta, y listo. Dentro y fuera de sus fronteras. Ahí están los comentarios por si hay que definir algo con mayor claridad, pero si lo único que necesito es mostrar mi aceptación (en su significado más amplio), el Me Gusta resuelve magistralmente el tenso equilibrio entre interés y vagancia.

O eso parecía hasta ahora, ¿verdad? Porque si no, ¿qué sentido tiene meter complejidad a un botón que tan bien funcionaba?

La realidad es muy distinta. El Me Gusta es banal (ES), demasiado simplista como para definir la compleja red de emociones que nos asaltan al consumir (aunque solo sea de pasada) un contenido.

Y Facebook lo sabe. Como para no, teniendo en cuenta que su negocio se basa en la digitalización de los sentimientos, en servir de canal para mostrar el lado personal de cada usuario.

Es entonces cuando me surgen las dudas, porque cualquier desequilibrio en la balanza jugará en contra de los objetivos de la empresa.

No afrontar la necesidad de un botón más cercano a lo que de verdad el usuario de Facebook siente es cerrarse a una realidad que quizás acabe siendo recogida por la competencia. Por otro lado, dotar a la plataforma de múltiples alternativas nunca es bueno, más en algo tan aparentemente inmediato (al menos por parte del usuario emisor) como es el expresar los sentimientos. Y a la vez, el agregar más alternativas abre la veda a posibles nuevas reinterpretaciones que doten a la red social de un halo valorativo (sentimientos positivos y negativos) que son contraproducentes en el escenario buenrollista que lleva años siendo pilar de la estrategia de la compañía. Incluso podríamos considerar ese cambio como una ruptura iconográfica del propio sentimiento de la compañía.

Sin duda una jugada difícil de afrontar, que el señor Mosseri estuvo raudo a esquivar, habida cuenta de que quizás ni siquiera dentro de las oficinas haya alguien que tenga aún la respuesta.

Más bien serán los test A/B, y la prueba y error habitual en Facebook la que acabe por dictar el futuro de la plataforma. Por falta de músculo financiero y mala uva nunca ha sido, y no será esta vez.

¿En juego? La definición digital más equilibrada de sentimientos sociales, que previsiblemente siente cátedra en el corolario del resto de redes, y en la concepción de esta parte crítica del ser de todos los usuarios.

Quienes llevamos tiempo tratando de perfilar un concepto de Social Intelligence más allá de contar likes, al fin vemos cerca el viraje hacia verdaderas analíticas complejas. Parece que toca ponerse las pilas, y esto es sólo el principio. Lo “social” tiene recorrido más allá de las analíticas de corta y pega.

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