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Datos-personales

Guardar o no guardar datos de nuestros clientes ¿he ahí la cuestión?

Desde hace relativamente poco, hay un debate abierto que azota como nunca el mundo corporativo. Un tema difícil de afrontar dentro de cualquier organización, y que involucra por igual perfiles técnicos y humanísticos.

Hablamos de la eterna pugna entre negocio y privacidad entorno a los datos de nuestros clientes. Dónde está el límite que separa una estrategia de marketing y comunicación basada en el conocimiento adquirido por el uso de nuestros servicios y productos, por el conocimiento que el cliente nos cedió gentilmente en campañas anteriores, del abuso y explotación de estos datos, quizás obtenidos bajo el amparo del (des)conocimiento del usuario, de su poca formación digital, o de estrategias confusas y continuistas.

Y las cosas se complican cuando abrimos el cerco.

En la cabeza de todos (al menos de aquellos a los que este tema nos preocupa (ES)) están las filtraciones que en su día hizo Wikileaks (EN) sobre las técnicas usadas por varios gobiernos (con EEUU liderando la comitiva) para espiar masivamente a sus ciudadanos y a los ciudadanos de países extranjeros (fueran o no aliados), que acabó por explotar con las revelaciones de Snowden.

La NSA no es mal personificado. Es una agencia de inteligencia igual que el GCHQ o el MI6 de Reino Unido, la KGB rusa, el CNI español o los centenares de grupos de inteligencia privados que trabajan a su vez para el mejor postor. Todos los países desarrollados tienen en su haber organizaciones de inteligencia, y estas, teniendo en mente mantener el estado de bienestar de sus ciudadanos, no dudan en recurrir, legal o alegalmente, a los datos que empresas y asociaciones tienen de sus clientes.

Peor aún, y considerando que el fin último de estas agencias es la protección civil, qué hay de los continuos ataques de la industria del crimen que acaban por saldarse con el volcado de datos personales de miles y miles de usuarios.

Hoy es este servicio, mañana aquella empresa, y pasado aquel producto que uso habitualmente.

La seguridad de los datos que manejamos de terceros es una prioridad, ya que de ello depende la confianza que el cliente deposita en nuestras manos.

Es entonces cuando empiezan a verse con buenos ojos estrategias que si bien requieren de un estudio específico para cada caso, tienden a securizar el método de lectura de toda esa información.

Donde antes había datos en claro, ahora probablemente haya datos cifrados. Datos segmentados según si criticidad, anonimizados, que permiten seguir trabajando con lo que nos interesa (la analítica enfocada a la toma de decisiones estratégicas) pero que de vulnerarse, no ocasionan un riesgo mayor al cliente.

Datos cifrados mediante protocolos de clave pública/privada, de tal manera que a los elementos identificativos de la persona que está detrás solo tiene acceso la persona, y no la empresa.

Hablamos de una evolución lógica de la información que manejamos. De una disgregación del valor que los datos personales que históricamente recopilábamos. Gracias a las nuevas tecnologías, estamos llegando a un punto en el que el valor que ofrece la información personal puede separarse estructuralmente del dato personal, de aquello que hace de ese dato el que éste sea privado, sin que por ello afecte negativamente a la experiencia del cliente y al conocimiento de la compañía sobre su target.

Y con ello, cumplimos la legislación (para aquellos que solo se mueven a razón de efectos, evitamos las cuantiosas multas (ES) que podría ocasionar una mala gestión de los datos personales del cliente), y también minimizamos el riesgo de brecha de seguridad, ya que nuestros datos ofrecerán una lectura puramente cuantitativa. Algo que ya no tiene tanto valor en un mercado como el de la industria del crimen, y que sin duda, carece de valor de cara a un espionaje masivo.

La transformación digital de una organización empieza habitualmente desde lo más bajo. Desde el elemento más atómico de la misma. Y en la sociedad de la información, ese elemento es el dato.

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