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Ciberfeudalismo

Sobre feudos digitales, libertad de expresión y control del discurso

Leslie Jones, una de las actrices de la nueva película de los Cazafantasmas, es objetivo de miles de críticas por la red del microblogging y Twitter salda la disputa baneando a Milo Yiannopoulos (EN), un conocido (y controvertido) periodista que ya había estado envuelto en más de una campaña en contra del género femenino.

A partir de este suceso, la bola de nieve acaba desencadenando en una serie de tweets de WikiLeaks (EN) comparando el hecho con la purga de Turquía después del intento de golpe de estado, y alertando de que quizás se esté vulnerando la neutralidad judicial.

Dejando de lado todo el entramado mediático, lo que de verdad me parece digno de debate es el cómo encontrar un equilibrio aceptable entre lo que podemos considerar una plataforma sana (libre de usos tergiversados que pudieran poner en riesgo a sus usuarios (ES)) sin que por ello se pierda esa supuesta neutralidad a la hora de ejercer nuestro derecho a expresarnos.

Y ya te adelanto. Se plantea, cuanto menos, muy complejo de afrontar.

Por The Verge (EN) hablaban estos días del caso, haciendo hincapié en la necesidad de utilizar las herramientas con las que ya cuenta Twitter (o incluso crear nuevas si así procede) antes de llegar a una decisión tan inamovible como banear a un usuario, y creo que el acercamiento es bastante acertado.

Twitter, como Facebook y el resto de plataformas sociales cuentan ya con un nutrido grupo de herramientas que permiten, en esencia, minimizar el impacto de un ataque hacia una persona.

Tenemos la opción de banear a todos aquellos usuarios que resulten molestos, e incluso de denunciarlos para que el servicio tome las medidas oportunas.

El problema surge a la hora de enfrentarse a situaciones que se alejan del control individual.

¿Cómo podemos evitar que una persona sea víctima de una campaña de desprestigio cuándo el “ataque” viene de miles de frentes distintos, de manera totalmente descentralizada? 

¿Qué metodología siguen estas plataformas para decidir cuándo un contenido es ofensivo y debe ser censurado y cuando ese contenido, aunque molesto, debe seguir presente protegiendo la libertad de expresión de quien lo publica?

¿Afecta en algo (positiva o negativamente) que esa cuenta pertenezca a una persona o colectivo famoso, o por el contrario, pertenezca a “un ciudadano más”?

Y lo que es aún más importante, ¿Dónde se ponen los límites? En el caso de un político corrupto, ¿debería el servicio controlar el discurso para proteger la integridad de su usuario, o dar rienda suelta a la libertad de expresión de terceros, a sabiendas que esto impactará seguramente en la vida de esta persona?

La verdad es que cualquier escenario tiene a priori sus ventajas e inconvenientes.

Un entorno profundamente controlado debe contar con las garantías suficientes como para que el veredicto sea aceptado por todos (aunque estemos en contra (ES)), cosa que a día de hoy ningún servicio ofrece (las decisiones vienen unilateralmente de la compañía que está detrás, o se delegan en el poder de las masas). En caso contrario, corremos el riesgo de alimentar un escenario injusto, que sea del agrado de unos pocos en detrimento del resto. Cosa que lamentablemente suele ocurrir.

El otro extremo pasa por la propuesta de Wikileaks, un nuevo ¿Quitter? (ES) donde la libertad de expresión se anteponga a las medidas de control del discurso (ES). Un entorno “regulado” por los propios usuarios, en donde valdría (a priori) todo.

Como decía, ninguna de las dos opciones son realistas o satisfacen los intereses de la mayoría. A Twitter, como el resto de compañías que viven de la gestión de usuarios, les interesaría llegar a un equilibrio aceptable, pero me temo que siempre vamos a encontrarnos con conflictos semejantes, según el servicio vaya evolucionando hacia uno u otro lado.

Jardines vallados, ecosistemas amurallados, reinos digitales, ciberfeudos. Llámalo como quieras (ES), pero mientras las garantías de un entorno realmente libre sean tan bajas (pese a todos los que nos pesa este hecho), el acercamiento actual, con sus peros y su “injusticia”, es quizás el más justo y equilibrado al que podemos aspirar…

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