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¡Me aburre la crisis del periodismo!

Me aburre hablar y escribir de la crisis del periodismo. Y sin embargo, me puede. Es una necesidad ontológica. No podría vivir sin hablar y escribir de la crisis de periodismo. El aburrimiento viene de  las limitaciones intelectuales y profesionales que nos hemos impuesto para escamotear la responsabilidad individual y colectiva en la ruina de este oficio. Y, para colmo, estamos encelados en un debate sobre cuestiones modernas con formas antiguas y sin respetar el fondo antiguo.

Sí, lo sé, parece una excusa para no meter la mano en el fuego. Así que permitidme una anécdota personal para cerrar, en favor de mi propia esquizofrenia, un alegato que nos permita continuar. Con 19 años, yo sabía escribir una crónica directamente en un teletipo. Una máquina ruidosa, lenta y ortopédica que le permitía al redactor saltarse varios pasos de la producción: el texto manuscrito para algunos, el mecanografiado para los más con copia al carboncillo, la duplicación en multicopista, la distribución física a cargo de un diligente ordenanza y, por fin, el “picado” al teletipo por un técnico en la materia. Y, sin embargo, yo no era el periodista más avezado de la redacción, ni el más cualificado; ni siquiera podía autoproclamarme como periodista sin sufrir la reprobación caritativa de los que me aventajaban en varios peldaños de edad y profesión.

Para dejarlo claro de una vez por todas: yo era el aprendiz, el becario, el que traía los cafés. Hacía notas irrelevantes directamente al teletipo porque era más barato y contribuía de modo infinitesimal a la cuenta de resultados de mi empresa. Es decir, yo no era un periodista joven adaptado a las nuevas tecnologías. Sólo era un aprendiz en precario, estado que por fortuna duraba menos que en la actualidad y representaba, de verdad, un camino de aprendizaje. Y tampoco os quepa duda de que aquellos aparatos, enlazados por serpentinas de papel perforado, con cinco agujeros para el código y uno como guía de arrastre, eran entonces nuevas tecnologías.

De ahí que, cuando ahora debatimos sobre el futuro de esta profesión, me aburra tanto análisis que comienza con un reproche general a la desafección de los periodistas por las nuevas tecnologías y, a la contra, termina con un canto al profesional polivalente y multimedia. Lo dicho: personal barato y en precario. Si puede ser, durante toda su vida activa.

Y que conste que escribo estas parrafadas en un notebook, operado por linux de ultimísima generación, en LibreOffice, no pienso salir de casa para entregarlas en las oficinas de la web que las va a publicar, las enviaré por algún medio de la Red, o las compartiré, es posible que escarde alguna de las ideas y la incorpore a mi timeline, y haré un par de búsquedas en internet, si es posible inteligentes, para contrastar datos. Pero  ninguna de estas habilidades me ha ayudado a hilvanar un par de palabras. Y tampoco lo harían si estuviese contando la última sesión del pleno de concejales de mi pueblo.

Permitidme que traiga al caso una cita de la que me nutro en los instantes más desoladores de este debate. De T. S. Elliot: “¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en el conocimiento? ¿Y dónde está el conocimiento que hemos perdido con la información? (La Roca, 1934). Sorprende algo que estas preguntas tengan casi cien años.  Pero esto es la vida, mon ami, un bucle de ideas, un discurso recurrente.

Hacia 1930, ya padecían un exceso de información. La radio comercial iba a cumpir su primer decenio. Las noticias volaban. La velocidad de transporte de la palabra no crecía en línea como ahora: eran saltos cuánticos. Y sin duda la empresa periodística afrontó uno de los mayores retos tecnológicos de su historia. Pero pocos proclamaron que seguirían siendo periodistas quienes supieran conectar un diodo de Marconi, dominasen la lengua escrita y hablada con igual destreza o se dieran maña en torturar un trozo de galena hasta arrancarle sonidos. Y quiero pensar que fue, entre otras razones, porque muchos se preguntaron si la sabiduría debía sucumbir ante el conocimiento y este ante la abundancia de datos.

O lo que viene a ser casi lo mismo: si la voluntad de “uno” para sintetizar en preguntas concretas las preocupaciones de “varios” -su necesidad de saber antes de actuar-,  buscar las respuestas y publicar los resultados, depende o no de que ya existan los datos, estén prejuzgados y hayan sido gritados de manera difusa, profusa y confusa. Esa voluntad es anterior a la tecnología, y no debe someterse a ella más de lo que pueda hacerlo la ética, el amor o el juramento de Hipócrates. Cualquier otra consideración es por ganas de enredar.

En esta crisis nos falta inteligencia, la capacidad de entender y resolver problemas. Nos ahoga la exuberancia y un uso perverso del verbo monetizar. Lástima, porque podría ser uno de los grandes momentos del periodismo.

(Si los responsables de esta página lo permiten, allá ellos con su atrevimiento, desgranaré en próximas entregas alguna de las leyendas 2.0 que fomentan editores, analistas y algún colega para obviar, por mala fe o por desidia, que el periodismo no muere de inadaptación sino de abandono).

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