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La genialidad (o el desastre) de pensar en largo plazo

Elon Musk ofrece 2.860 millones de dólares de Tesla Motors por SolarCity, y los analistas se dividen entre aquellos que ven el movimiento como un gran acierto (ES), y los que pronostican el final de la era Musk (EN).

Y razón no les falta ni a unos ni a otros.

En primera instancia, porque esta compra se realiza bajo una posible sospecha de trato preferente. Elon Musk es a día de hoy el principal accionista y fundador de Tesla, y SolarCity está dirigida por Lyndon Rive, primo de Elon Musk.

En segunda, porque el negocio de SolarCity no es en esencia “innovar en materia de energías renovables” (aunque para realizar su trabajo tengan equipos de investigación dedicados a ello), sino instalar panales solares en edificios. Algo, a priori, alejado de la producción automovilística.

Ahora bien, y aquí entra la tesis de un servidor, si consideramos Tesla Motors no como una empresa del mundo del automóvil, sino como el propio Musk la define: “empresa de suministro y fuentes de energía renovables”, la cosa cambia sustancialmente.

Porque quizás Musk es consciente de que el principal cuello de botella de su industria (descontando el cash, claro está), sigue siendo la duración de las baterías (ES).

Y quizás entonces tenga sentido hacerse con el expertise de una empresa que se dedica desde hace casi una década a trabajar “en el suministro de fuentes de energía renovables”.

Adam Jonas, un conocido analista tecnológico, reducía el precio objetivo de Tesla de 333 a 245 milllones de dólares (EN). JP Morgan, de la industria automovilística, criticaba (EN) bajo mi humilde opinión de forma desproporcionada la decisión en el New York Times.

Y quien escribe estas palabras se pregunta si no estamos cayendo nuevamente en los errores del pasado. En esperar que una organización sea capaz de día tras día reinventar la rueda por sí misma, máxime cuando los ciclos de innovación atienden más a plazos largos que a cortos.

Las Tesla PowerWall (EN) son, pese a la opinión que han demostrado tener algunos gobiernos y lobbies de la industria energética (ES), una verdadera revolución, cuyo impacto seguramente tardará años en verse reflejado.

El camino a seguir, pese a quien le pese, va de la mano de las renovables. No (únicamente) por factores sanitarios y medioambientales, sino por la propia ideosincracia del entorno social y tecnológico.

Si queremos llegar a un escenario de abundancia (ES), a un escenario de eficiencia (ES), habrá que pensar en largo plazo y no tanto en informes cuatrimestrales.

Algo que, por otro lado, está únicamente al alcance de compañías como Tesla, con una mochila histórica suficientemente ligera, con un músculo (financiero y mediático) bien entrenado, y con unos escasos (aunque brillantes) resultados.

Nada que no hayamos visto en la filosofía de un gigante como Amazon, que aún hoy en día, y pese a los “tropecientos millones de ingresos” que llegan a sus arcas, sigue en números rojos (ES), reinvirtiendo todo en seguir mejorando su ya de por sí poderosa flota logística, y manteniéndose a flote precisamente gracias a la confianza de los accionistas en una figura como Bezos.

Nada, de nuevo, que no veamos día tras día en la startup de turno, en el autónomo o pyme “de andar por casa”, hipotecando su futuro en base al expertise, constancia y tenacidad de su trabajo.

Claro está, que resulta sencillo llenarse la boca con estrategias a largo plazo cuando somos conocedores que esta noche, a la hora de la cena, tendremos un plato caliente en la mesa.

Pero en todo caso, habrá que dar un voto de confianza (ES) a aquellos que siguen en sus trece, que pueden permitírselo (al menos por ahora), y que se plantean (sea o no de forma desinteresada) mejorar la sociedad.

Es, de facto, la única manera que tenemos de seguir hacia delante.

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