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Tv Digital

Oda a la “transformación digital” de la televisión

Llevamos años con la promesa de una televisión más social y digital, adaptada a las necesidades (o más bien, a las costumbres) de la sociedad.

Y la promesa sigue en pie principalmente por la importancia del mercado televisivo, que no por los aciertos de la industria.

Porque movimiento hay. Bien nos lo han hecho saber.

En cada programa, en cada anuncio, esa industria del siglo pasado se afana por meter guiños al mundo digital en forma de “botones” a redes sociales. Como si de un panfleto de esos que te dejan en el coche se tratase. Los scrolls informativos inferiores ahora ya no solo muestran testimonios y las últimas noticias, sino también tweets, con sus arroba y todo. Y en los cinco minutos que dura la predicción metereológica ahora hay sitio para ver las fotos que “los espectadores han enviado” (como si de un burofax, o peor aún, una carta a redacción se tratase) por Instagram.

Pero señores, eso no es transformación digital. Es simplemente un apaño, un placebo para mantener a la cúpula directiva (habitualmente ajena a la revolución de estas últimas décadas) extasiada bajo gráficas sesgadas en continuo crecimiento y decenas de numerosos followers o Me Gusta.

La digitalización de la televisión entraña per sé complejas dicotomías, por la sencilla razón de que el medio televisivo, desde su propia constitución, es meramente unilateral.

Y eso cala muy dentro tanto para los de la industria (los que generan y hacen llegar el contenido), como para la cultura del espectador, que es simplemente eso (una persona sentada en el sofá), y que concibe a lo sumo participar del momento no en entornos nativos al medio, sino en entornos digitales, profundamente bidireccionales, como es Twitter y el resto de redes sociales.

Hay interés, y mucho, en que la industria televisiva evolucione a lo que internet es hoy en día. Y de hecho, la base está justo ahí, teniendo en cuenta que en la mayoría de casas, el salón se diseña alrededor de la figura de ese aparato tecnológico que es la televisión. Una ventana “al mundo exterior”. Un mero pasatiempo para dejar de pensar, que dirían algunos, y lamentablemente (para la industria) nada más que eso.

Quien más quien menos ha probado ya alguna “televisión inteligente”. De nuevo la promesa de ofrecer interacción en un medio unilateral, y las sensaciones habitualmente son las mismas: El espectador (que no usuario) espera que el televisor tenga el mínimo posible de interfaz, puesto que el objetivo es reducir a la mínima expresión el tiempo de espera entre que se enciende (o se realiza una acción) y se llega al contenido. Y eso deja poco margen de maniobra, máxime teniendo en cuenta que el mando no parece prestarse en demasía a un escenario de comunicación bidireccional, y que las innovaciones en materia de interfaces gestuales o por voz suenan aún a ciencia ficción (o al menos lejos de los bolsillos de la mayoría de nosotros). Tanto como para que un servidor apostara recientemente por comprar una nueva televisión que NO fuera “inteligente”. Y mira que me gusta probar los nuevos cacharritos…

Por propuestas que no sea

Donde la industria falla, hay oportunidad para el resto. Tanto Google como Apple pelean por hacerse con el control de ese mercado. La primera por razones obvias (la publicidad en televisión sigue a día de hoy presentando los márgenes más amplios del mercado), y la segunda con vistas a retenernos un poco más en su ya de por sí dilatado ecosistema. No ya con el propio televisor, sino con añadidos (chromecast (ES), AndroidTV (ES), AppleTV (ES),…) al que habría que sumar alternativas más o menos conseguidas (los docks HDMI televisivos) e incluso proyectos que parecen que nunca van a salir de los laboratorios, como los esfuerzos de Facebook (EN). Y si nos vamos al mundo del videojuego (ES) o del entretainment (ES), las alternativas se multiplican exponencialmente.

No deja de ser curioso que que pese al aparente retroceso que representa la televisión, siga tan presente en la vida diaria de casi todas las familias. De los pocos últimos frentes aún vírgenes de la dictadura digital. 

Y digo yo que quizás por esa misma razón estamos como estamos, habida cuenta del sufrimiento que produce saber que cualquier acción en el mundo digital tiene sus consecuencias.

¿Qué hay mejor que plantarse delante de un dispositivo tonto (que parece que cada vez abundan menos) y dejar en blanco la mente? Lo mismo hasta lo que consideramos un fallo de la industria no sea más que un verdadero éxito, a contracorriente de lo que parece ser la tónica del consumo de información.

E incluso quizás por ello la publicidad sigue siendo tan efectiva en este escenario. A fin de cuentas, si concebimos la televisión con un mero escaparate, donde no hay cabida al discurso (y mucho menos a la crítica), somos más susceptibles a ser impactados.

¿No te parece?

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