1-800-987-654 admin@totalwptheme.com
Twitter1

Yo no pondría mis hijos en sus 2.0 brazos

Una buena colega dice que la venta es siempre al tercer encuentro. Que tiene que haber un hacerse ver primero, un hacerse notar después, y si acaso, a la tercera, un dejarse querer. Lo aplica a casi todo en la vida y, según con quién le toque bailar, vende la moto de lo bien que le va, para que le vaya todavía mejor, o le empiece a ir bien en aquello que aún no está a buen ritmo. Desde que se metió en el mundo del 2.0, del que descreía y del que se decía ajena, puso en marcha la misma política y, qué quieren que les diga, de momento no le va mal. Nada mal.

Lo anterior me lleva a dos conclusiones. La primera, como es comidilla entre el personal tuitero, es que la vida real, física, tangible, la llamada vida 1.0, no es tan diferente de la vida virtual, digital, en red, la 2.0. Que como en la primera, en la segunda influyen más el toque humano, la generosidad, la espontaneidad y el buen rollo, que las posibles perversiones tipo falsa identidad, intereses ocultos, promoción disfrazada de simpatía y el sempiterno “vaya usted a saber”. Entre otras razones, porque estas perversiones también se pueden hallar en esa vida primera, 1.0, o como quieran ustedes llamarla. Hasta aquí, digamos, la parte transparente y flower power del asunto. ¿Pero es todo tan blanco?

Mi segunda conclusión es algo más áspera. Mi segunda conclusión tiene que ver con los ídolos con pies de barro. Aquí no gana el mejor, sino el que mejor se vende. Y entiéndase por ganar el adquirir dimensión, hacerse nombre y hueco, ganarse el respeto y la admiración de los demás… No es casualidad que en los todavía reducidos círculos del 2.0 coincidan más o menos los mismos rostros en los eventos sociales que se convocan. En parte es así porque sólo la “desvirtualización” permite mirar a los ojos de aquellos que figuran en tu red social, y tratar de calar de un vistazo su nobleza, su profesionalidad, su integridad o lo que cada cual vaya buscando entre sus contactos. Por ejemplo, negocios. Por ejemplo, hacerse ver, hacerse notar, dejarse querer.

A mi colega la perspectiva ética se la trae más bien floja. No es culpa suya: la vida le ha soltado unas con esparto y otras con espinas, así que cada vez que ve unas zapatillas con las que caminar o unas rosas con las que endulzar su corazón primero echa el alto, después se enluta de amianto y por último se cuelga al cinto un soplete militar por si las moscas. No es miedo: es experiencia. Sabe que en esta perra vida o comes o te comen, y que eso no va a cambiar por mucha retranca alegre y dospuntocero que quiera echarse uno al rostro. Aquí, colega, lo primero es lo primero: ganarse las habichuelas. Que no se nos olvide. Como digo, se ha echado al monte virtual con esa faltriquera y a juzgar por su trayectoria hay que reconocerle unas habilidades estratégicas que ya quisieran para sí algunos generales.

Eso no le hace a ella peor ni mejor que al resto. Ni a quienes se apliquen en las mismas cuitas. Más aún, ni siquiera a quienes inconscientes, felices en su algarabía post-adolescente y ociosos más que negociosos en el mundo virtual, se arriman a los árboles que mejor sombra proyectan y si caen amistades, qué bien y cuánta felicidad. No. Ni peores ni mejores. Pero sí dice mucho de quienes, conocedores de este toma y daca de la venta del producto (de uno mismo, o del resto), actúan como lobos con piel de cordero. Seguramente son referencias indiscutibles para ponerse en sus manos a la hora de hacer negocios. Pero yo no les confiaría el cuidado de mis hijos. Los “lobos” nos llevaron durante el siglo XX por dos guerras mundiales, un crack financiero, un revés por culpa del petróleo, el gangsterismo de guante blanco y la cultura del dinero rápido.

Por suerte para mí, creo que mi entorno 2.0 no es de este segundo tipo. Empezando por mi colega, que por muy killer que se ponga es un alma sensible y un corazón a la escucha. Pero por si acaso tomo alguna lección de ella, y trato de no bajar la guardia. Para no olvidarme de ser crítico incluso con un mundo que me fascina; y, si puede ser, con algo de ética. O, cuando menos, civismo.

 

Publicado originalmente en Confidencialba, la web de Alfonso Piñeiro.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *